martes, 24 de mayo de 2011

El escribano poeta

Jorge Melazza Muttoni
(1921 - 1995)

El 23 de mayo de 1995 se nos fue Jorge Melazza Muttoni, el escribano poeta.
Vaya a saber porqué, tenía dos miedos (que le sirvieron de causa para otras tantas bellas poesías): a los  viernes y a morirse en un café. La vida le deparó la gracia de morir en su casa, entre los suyos, y un martes (que, hélas, era el día aciago para los antiguos griegos). Será por eso que no quiso abusar de la suerte y se quedó sin ver el sol patrio que se acercaba.
Discurrió su vida en un plano discreto y menor, perfectamente asumido y determinado, como sólo los grandes que saben que lo son tienen el temple para decidir. Porque Melazza fue un gran poeta, aunque jamás lo admitiera y aunque la sociedad en que vivía apenas se diera cuenta.
Y como tal le cantó incomparablemente, alternando un castizo ortodoxo y un lunfardo encantador, a su ciudad (baste recordar Buenos Aires, 1930, Palermo, Boca Juniors  –¡era hincha de San Lorenzo! – y Gardel, todas antológicas), a sus gentes, a sus pequeñas cosas cotidianas, a los misterios de la vida.
Pero, además, cantó a sus grandes hombres y a la historia patria, clavando así en este duro Flandes americano su pica revisionista. Desfilaron de este modo por su lira San Martín, el Perito Moreno, Dorrego, Lugones, Yrigoyen, Artigas, Chilavert, José Hernández, Perón, el Operativo Cóndor (¿quién, si no Melazza, se acordó de él y se conmovió ante él?). Todos transfigurados, protagonistas de una poesía sin prosopopeya, con adjetivos administrados cicateramente a fuerza de tanto respetarlos, con imágenes originalísimas, desde puntos de mira inatisbados y sorprendentes. 
Pero dos de estas poesías sobresalen del resto: las que dedicó a Rosas y a Ciriaco Cuitiño, el mazorquero, pequeñas joyitas que afortunadamente merecieron imprenta. La primera fue incluida en la formidable crestomatía La Vuelta de Don Juan Manuel, que seleccionó Fermín Chávez y editó Theoría en 1991. La segunda la sacó el padre Castellani de Tenemos que morirnos –todo un título para un libro de versos– y la reprodujo en Jauja nº 11, de noviembre de 1967.
En 1993, seguramente por una premonición de ésas que los poetas tienen (porque sólo a ellos les es dado), sintió la necesidad de publicar una antología, De la ciudad, su gente y sus amores, que le editó Vinciguerra y que naturalmente ni intentó vender, limitándose a distribuirla generosamente entre sus amigos.
En el prólogo escribió:

“En mi país -duramente contradictorio-, el comenzar a ser se inaugura con la muerte.
A su espera, aún a riesgo de que en ella se me catalogue de buen hombre, publico estos versos, que valen como formal angustia”.

Jorge Melazza Muttoni ya no está angustiado. Ya comenzó a ser. Respetuosos, no cederemos a la tentación de calificarlo de buen hombre, aunque lo fue y en grado sumo.
Pero, hueros de su poesía singularísima, habremos –para concluir– de tomarle prestados unos versos escogidos de su  Poeta envejecido que escribió, con temor tal vez:

Lo llevan y lo traen mansamente
con algún gil para contar su gloria.
Pero al final se irá de la memoria

como se va en el subte alguna gente.
Y habrá crecido pelotudamente
como una mina que no tuvo historia...

Melazza tiene ya asegurado un lugar entre los que, sin querer, hicieron sin embargo Historia, con la más difícil, dura y noble  de las herramientas: la poesía. Y ya integra la memoria de la Patria.

martes, 10 de mayo de 2011

Arbolito, "colabos" y maniqueos

Recientemente, le fue cambiado el nombre a una escuela especial de la ciudad bonaerense de Azul: de Julio Argentino Roca a Arbolito. Se entendió que “Trabajar en educación especial con un nombre que representaba la exclusión y el exterminio no era demasiado coherencia”, explicó sic el mentor de la revolucionaria medida, sin explicar por qué se consideraba al general Roca un exterminador y un excluyente. Al acto asistió –acompañado de un oportuno conjunto musical ad hoc– el escritor Osvaldo Bayer, mezcla extraña de obispo refractario, comisario del pueblo y mal vestido inveterado. Se encargó en la oportunidad de informar a los escasos asistentes (entre ellos, naturalmente el intendente, víctima de lo políticamente correcto)  sobre quién era o había sido el nuevo patrono: un indiecito ranquel que, conmovido por los actos brutales (se abstuvo de emplear la palabra “genocida”) del “prusiano”, lo emboscó en una hondonada cuando estaba alejado de su tropa, le boleó el caballo  y “le cortó la cabeza”. Acto que el denodado propiciador de la medida, un tal Jorge Meza, calificó de “hacer justicia”, en su minuto de gloria que tuvo en una FM de Azul. Por lo visto, para alguna gente, matar es abominable y execrable sólo si la víctima es amiga; y excelente en caso contrario.
Viene a instalarse así una suerte de lucha de etnias entre los blancos expoliadores y rapaces, cabales genocidas, y los “pueblos originarios” avasallados, arrollados y exterminados (“¿Qué mal habían hecho?”, dijo Bayer en su discurso). Lo cual, para marxistas como él, es un deleite particular, más allá de que sus mentores –¡también alemanes!– hablaran de “clases”, no de etnias.
Pero pongamos ordenadamente los puntos sobre las íes:
Federico Rauch [1], oriundo de Alsacia y militante de Napoleón en Waterloo (por ende cualquier cosa menos que prusiano), llegó al Río de la Plata en 1819, para incorporarse al ejército, no para exterminar indios. El mentiroso de Bayer afirma que la contratación fue en 1826, con ese específico fin. Y que Rauch escribía sus partes oficiales en alemán, como una suerte de nazi avant la lettre (& le temps). Lo de “prusiano” no es otra cosa que una pseudología para sugerir que Rauch era un autoritario, matón, cobarde, asesino y disipado, como cuadra a todo tal. Poco importa que, por aquellos años, Prusia fuera sólo uno de los muchos Estados en que se dividía Alemania, unificada como Estado recién avanzada la década de los ’70.
Por despecho y rencor hacia Dorrego, Rauch tomó partido por Lavalle en el golpe de diciembre 1828, y se constituyó pronto en jefe de una de sus partidas en la campaña de Buenos Aires. Debió enfrentarse así a las fuerzas de Rosas, mandadas por el chileno Miranda y compuestas en buena proporción por indios “amigos”, quienes lo derrotaron en un duro combate de caballería habido en la laguna Las Vizcacheras, cerca de Monte. Al huir a todo galope, el cabo de Blandengues Manuel Andrada le boleó el caballo y, tras ablandarlo en patota a lanzazos, el “indio  Nicasio lo ultimó” [2]. Esto lo confirma el coronel Prudencio Arnold en su fascinante memoria titulada Un soldado argentino (Bs. As., Eudeba, 1970, p. 35), hoy, naturalmente, inconseguible.
Rauch, pues, murió por unitario y jefe militar de un gobierno faccioso, no por genocida o enemigo de los indios. Si bien fue un indio quien lo ultimó (seguramente lo decapitaron post mórtem, pues el alsaciano no era de arrear con las riendas), fue un blanco quien le boleó el caballo. Este indio Nicasio se llamaba, según Arnold, Nicasio Maciel, “último valiente cacique que murió después en Caseros” (ibíd, p. 34). Nada dice de ningún “Arbolito”.
Sí explica: “No sé de qué medios se valió el comandante Rosas para hacer venir desde Chile hacia Buenos Aires al cacique (Venancio) Cañoepán [3], hacerlo servir a su plan de sacar los cristianos que vivían en comunidad con ellos, con toda la fidelidad deseable en favor de los cristianos y en contra de los mismos indios. Con estos hombres trabajó para sembrar la discordia entre los indios malos a fin de que los cristianos que los aleccionaban no pudiendo vivir entre ellos, tuvieran que emigrar como lo hicieron” (énfasis añadidos; p. 19).
El citado Yaben aclara que Rauch era un maestro en eso de tejer alianzas con los indios contra sus iguales, lo que le permitió los valiosos triunfos de toldos de Chipelencú (30/12/ 1826) y Sierra de la Ventana (7/1/ 1827) [4].
De modo que, en definitiva, “nuestros paisanos los indios”, como los llamaba el general San Martín, intervinieron activamente en la época independiente, tomando partido inicialmente por “realistas” y “patriotas”, y posteriormente por “unitarios” y “federales”, “pandilleros” y “chupandinos”. Se distinguieron siempre por su rapacidad (que no es una característica racial ni étnica, menos exclusiva), su valentía y su compromiso. Por tal motivo, ambos bandos los reclutaron con particular entusiasmo, sabiendo lo que se ganaban. Incluso el general Roca hizo esto, sin lo cual su campaña no hubiera tenido éxito, más allá del rémington y del telégrafo: hoy día, los múltiples descendientes (reales o fingidos) del cacique Nahuelpán se disputan salvajemente las muchas hectáreas que configuran el paraje de este nombre, cercano a Esquel, que el Congreso adjudicó a él y a su familia a instancias del general, conmovido por los servicios de baqueanaje que le había prestado el cacique.  Es por esto que, mucho antes, el acta de la Independencia labrada en Tucumán, fue escrita en castellano y en quechua. Y que el sol incaico fue estipulado por el mismo Congreso para centrar la franja blanca de nuestra bandera azul.
No hubo, en síntesis, lucha de etnias. Ni genocidio. Hubo alianzas de paisanos con paisanos contra paisanos y paisanos, blancos e indios, mestizos y mulatos, a la manera en que cristianos y musulmanes se entremezclaron en alianzas oscilantes durante ocho siglos para terminar configurando España. Y predominio inexorable de la que estaba evolutivamente más adelantada.
Ni “pueblos originarios”, ya que buena parte de las luchas las protagonizaron paisanos venidos de Chile después de las Independencias; por lo que nada de “originarios” tenían. Más allá de que muchos de ellos (como el citado Venancio y los propios Piedra) juraran la bandera argentina, vistieran el uniforme militar patrio y fueran hasta el final fieles a su promesa. Doy fe. En lo que mucho tuvo que ver el “Zorro” Roca, maestro en las relaciones humanas y en la construcción de grandes empresas políticas.
Y sí hubo brutalidades –muchas– de todos lados, conforme a los tiempos. Como ocurrió en Europa, en el resto de América ibérica, en la China, en los Estados Unidos.
Este Bayer, maestro en el arte de la verdad parcial, del ocultamiento sistemático de los datos adversos [5] y de la esquematización maniquea de la realidad ad maiorem glóriam marxística, siempre cae parado. Durante los años de plomo, vivió un dorado exilio en Alemania, gracias a su dominio del mismo idioma en que –según él– el coronel Rauch escribía sus partes militares. En ese país vive la mitad de su tiempo y allí habita su familia. Acá se dedica a boicotear lo nacional, dinamitar las bases del Estado argentino y fomentar la disgregación y la discordia (que los griegos llamaban hybris). Lo que no es extraño, porque los centros de bombardeo hacia los Estados americanos (Chile incluido) están en Inglaterra, Escandinavia, Alemania y España [6] y de allí parten los fondos para nutrir a estas bien organizadas cruzadas y dar el -decisivo– combate cultural.
Así, a la módica gilada azuleña, le vendió lo del vengador de su raza, cuando en verdad el cacique Nicasio (“Arbolito” o no) fue un aliado de los huincas, que mató a un huinca en beneficio de otros huincas para quienes peleaba; y a quienes fue tan fiel que, muchos años más tarde, dio su vida por ellos. Y se olvidó de aclararles, a los pobres ignaros, que el muerto también tenía –muchos– aliados de la propia raza del “vengador”.
Con lo que en definitiva –laus déorum– ¡Oh, Lampedusa!, vino a cambiarse algo para no cambiarse, en definitiva, nada. Ojalá hubiera hoy muchos Nicasios Arbolitos Maciel y –también– muchos Gringos Rauch y muchos Julio Roca.
Y que desaparecieran para bien de todos los Bayer, Euro Latin News  y tamaña escoria.



[1]  Rauch, en alemán (lengua predominante en Alsacia, más allá de ser hoy tierra francesa) significa humo.
[2]  Jacinto R. Yaben: Biografías Argentinas y Americanas, Bs. As., Metrópolis, 1939; t. IV, p. 907.
[3]  Combatió en Navarro por Dorrego. Fue asesinado por Calfucurá. Tiene una calle evocativa en la ciudad de Bahía Blanca, Seguramente el dinámico binomio Bayer-Meza, cuando se entere, bregará por que le supriman el nombre.
[4]  Op. cit., p. 905.
[5]  Que ensayó magistralmente en Los Vengadores de la Patagonia Trágica.
[6]  Los centros mapuches tienen estrechas vinculaciones con la ETA.

sábado, 23 de abril de 2011

La crotte

En lengua francesa, tan rica, concisa, elegante y contundente, este sustantivo designa a esa mezcla inextricable de barro, deyecciones, plumas y humores avícolas que constituye el piso de los gallineros, que es permanentemente resbaladizo y hediondo.
Nuestro país parece deslizarse sobre una crotte.
Vayan unos ejemplos espigados anárquicamente, como al pasar, entre tantos:
§                   Con motivo del escándalo que sacudió a la Policía Aeronáutica Nacional (creada, dicho sea de paso, durante Alfonsín para escamotear a la Gendarmería Nacional el control de los aeropuertos), ésta fue disuelta durante Kirchner y sustituida por la Policía de Seguridad Aeroportuaria, confiada a la organización y gestión de un Gustavo Saín, adscripto a la troupe del inefable Fouché argentino apodado irreverentemente por sus íntimos Chantanián.  Pues bien, este enfant terrible en trance de dejar de serlo (y desesperado por ello) comprobó impecablemente que nuestras policías están fuertemente militarizadas y que sería democráticamente deseable que dejaran de serlo.  Dictó, de este modo, una disposición prohibiendo al personal de la PSA todo tipo de desfile militar, saludo militar, “el saludo mediante venia, golpe de tacos o adopción de determinada posición de firmes” y hasta el saludo “a la bandera de ceremonia y a las autoridades presentes”, que se hará exclusivamente “dirigiendo la vista a las mismas y con el cuerpo erguido” (¡menos mal!).
Se le olvidó al licurguito que, en los tiempos que corren, la distinción entre fuerzas militares y policiales es cada vez más complicada y confusa; al menos desde que la Carta de la ONU (1945) calificó de intervenciones policiales a las dispuestas por el Consejo de Seguridad de ese organismo en aras de la paz mundial (p. ej., la matanza sistemática de las tropas regulares libias y de la población civil adicta, en nombre de la humanidad y de los derechos absolutos de los “rebeldes”; la misma que se hizo a las tropas y adictos de Saddam y a éste propio con su proceso fantochesco y su ahorcamiento crudelísimo). Desde la generalización de la guerra justa, ya no hay otra operación militar que la estrictamente policial, destinada a reducir al criminal y relajarlo a la jurisdicción de los tribunales de “derechos humanos”.  Ya no hay solución política ni paz política ni política en suma.
De lo que se deduce que todos esos movimientos automáticos, que a veces inducen a risa a los profanos o conmueven por su perfección, tienen por objeto optimizar el desempeño del personal de estos organismos, de modo que las órdenes puedan ser impartidas con palabras simplísimas o aun gestos o ademanes, y sean sin embargo comprendidas, transmitidas y ejecutadas de inmediato y sin reflexión. Se supone que el personal de la PSA gozará de un adecuado programa de entrenamiento que posibilite todo ello pero, al menos, se le complicará si debe actuar en conjunto con otras fuerzas de seguridad...
Este progresista a la violeta, deviene así, malgré lui, en un retrógrado simpático y patético. Y que se jieda la gente de la PSA.
Para colmo, este Licurgo en clave de xoda (que diría el inolvidable Bruno Jacovella) ignora los rudimentos del idioma al que suplicia. Porque, en cada artículo de su memorable construcción normativa, impera indefectiblemente “prohíbase”. Que es un imperativo traslativo futuro, vale decir para un tiempo que vendrá y para un destinatario diverso del que habla. ¿A quién, en efecto, le ordena prohibir? Para que fuera eficaz su norma (¡Kelsen!), debió escribir “prohíbese”. Como no separar a las cifras de mil con punto cuando se trata de años, según manda desde antiguo la RAE y es de elemental buen sentido.
¿Será mera casualidad que “saín” signifique, en lengua castellana, “Grosura de un animal. // Aceite extraído de la gordura de algunos peces y cetáceos. // Grasa que con el uso suele mostrarse en los paños, sombreros y otras cosas”?
§                   Una señorona entrada en años y en kilos, según algunos maledicentes irresponsables inclinada a la dipsomanía, ha privado a las academias de la Policía Federal de sus nombres proverbiales (Coronel Ramón Falcón, Comisario General Alberto Villar y General Cesáreo Cardozo), sustituyéndolos con otros grises y olvidables, cuyo principal mérito es, precisamente, no haber tenido ninguno: “Nada es igual, todo es mejor/lo mismo un burro que un gran profesor”, clamaba Discepolín. Contra todo lo esperable, la “oposición” ha sido bienquista con  la medida: o ha guardado un espeso silencio (Peronismo Federal, Pro) o la ha aplaudido sin ambages. Es el caso de un par de bufones (un gordito garca que la va de simpaticón y un exflaco en decadencia, con la barbita blancuzca à la mode, que en su época se solazó con ridiculizar la gesta de las Malvinas en un librejo de coautoría, sospechosamente de gran difusión), que se han deshecho en elogios porque la dama “ha reconocido a alguien que fue jefe de policía designado por un gobierno de signo distinto”, como si esto fuera un mérito por sí propio, abstracción hecha del valor personal o de la relevancia de la gestión. Dos de los agraciados con el olvido fueron –escuetamente– “asesinados (¡menos mal! Poco faltó para que dijeran “ejecutados”) por Montoneros”.
Dejemos de momento a los dos militares (no sin señalar, sin embargo, que los “crímenes” achacados a Falcón se limitaban a la ejecución de unos desahucios ordenados por la justicia, algo que hoy día ningún funcionario policial tiene las agallas de hacer) y detengámonos en el policía de carrera y de vocación: Alberto Villar fue el hombre de Perón en el momento atroz de la toma por asalto del poder por la guerrilla, que pagó su eficacia y su lealtad saltando por los aires por obra de una bomba colocada en su embarcación en el Tigre. Un funcionario de la democracia, pues, en una etapa democrática y estrictamente ajustado a las órdenes del mandatario democrático... el mismo que aparece sonriente al fondo de la escena montada fantochescamente con personajes como quien efectuó la degradación. ¡Y lo remueve un gobierno “peronista”! Esto, en lugares ordinarios y en circunstancias ordinarias, se denomina traición. Y, si lo aplaude calurosamente el grupo supuestamente enemigo público número uno (Magnetto, Clarín y Cía.), entonces es alta traición. Pero, para el pensamiento único, seguramente tendrá otra denominación más light.
§                   Un periodista de tomo y lomo, eternizado como Malvárez Tejar por el genio de Jorge Asís, escribiendo en La Nación diario (como acertadamente llamaba el padre Castellani  a ese órgano de prensa que sigue siendo –a despecho de su nombre– el alférez antinacionalista en la Argentina), ha calificado a cierto súperministro bigotudo y a sus adláteres de “nacionalistas”, a la manera peyorativa, descalificante y negativa de su homenajeado Vargas Llosa. ¡Nacionalistas los K! O don Malvárez lo ignora todo sobre este movimiento que algún ruido hizo durante los siglos XIX, XX y el presente; o es crotte de la mejor calaña.
.          Cierto juez de los tantos que deben sufrir los porteños, que volvió a las andadas después de Alfonsín, seguramente aliviado -por su solvencia profesional- de sus quehaceres específicos, se dedica a cultivar un twitter desde el cual verduguea a colegas y extraños, haciéndose el original y abusando del -provisional- privilegio que le supone su adscripción al establishment. Porque el hombrecito de tonto no tiene nada: cuando vio que las papas quemaban, hizo prudentemente mutis por el foro. Ahora vuelve con todo, pero con el cuidado de haber acomodado a sus lobeznos, con el curro inagotable de la denodada defensa de los derechos humanos. Para detalles, puede consultarse el apasionante artículo de Hernán Cappiello Un juez condena, acusa y absuelve por Twitter, aparecido en La Nación (diario) de 23/4.  Este personaje de twitter, entre tantas otras originalidades, se permite propiciar la sustitución de la efigie del "genocida Roca" -en los billetes de $ 100- por la de ¡Bernardo de Monteagudo! Más allá de que la propuesta no deja de ser materialmente acertada (pues, con el valor en que ha devenido el pobre billetito, bastaría con estampar en él la fotografía del coronel Artemio Gramajo, edecán de Roca), muestra a las claras la indefectible crotte en que patina nuestro pobre país: ¡Sustituir, en efecto, a un estadista que, mal que bien, creó nuestro Estado nacional, por un desaforado jacobino -asesino por lo demás-, ni siquiera aficionado a la lealtad política (reemplazó lo más fresco a su padrino San Martín por Bolívar en Perú), muestra a las claras que la hybris, entre nosotros, impera soberana! Horresco referens, hermanos porteños,  de caer en las manos de tamaño personaje.

¡Dioses!: Sacadnos de esta cagarruta y dadnos tierra limpia, firme y fértil que pisar!



domingo, 17 de abril de 2011

La Serenísima y los alquimistas del mangoneo

En un día como el de hoy, nubes más o nubes menos,  de hace 656 años, la cabeza del Dogo Marín Falier[1] rodó bajo el golpe certero de la mannaia[2] descargada por el boia[3] veneciano, en la escalinata del Palazzo Ducale de Venecia.
La Serenísima República de San Marcos constituyó uno de los paradigmas más perfectos del Estado aristocrático, junto con Esparta, en la antigüedad, y la Unión Soviética posterior a Stalin en nuestros tiempos. El poder se ejercía por órganos colegiados formados por notables, ninguno de los cuales tenía la posibilidad de ejercerlo en exclusividad, aun en supuestos de excepción. Esto presupone, claro está, una clase dirigente idónea, la vigencia del principio de racionalidad para obtener consensos efectivos, y la convicción de la necesidad de un orden institucional por sobre cualquier tipo de mesianismo.
Derivada indirecta del Imperio Bizantino, la Serenísima República llegó a ser la potencia principal del Mediterráneo, extendiendo su hegemonía a todo el Véneto, la Dalmacia y la Iliria (nolens volens, la actual Croacia), el Peloponeso y el archipiélago griego (principalmente, Creta y Chipre). Sólo la genial creación de Fernando el Católico y el Descubrimiento de América, fueron capaces de desencadenar su decadencia.
 El sistema veneciano se basaba en un órgano colectivo titular de la soberanía popular, el Consejo Mayor. De él se derivaba el Consejo Menor que, adjunto al Dogo y a tres miembros de la Quarantía (suerte de órgano especializado financiero), constituía la Sereníssima Signoría, de modo tal que "si è morto il Doge, non la Signoria" ("Aunque el Dogo esté muerto, no lo está la Signoría").  El Senado era el encargado de las relaciones exteriores y jugaba un papel fundamental en la designación del Dogo. El Consejo de los Diez (de cuyo seno se extraería posteriormente un triunvirato investido del poder efectivo) se encargaba de la seguridad del Estado y sus fallos eran irrecurribles y ejecutivos de inmediato. El Dogo (Dux) era quien representaba formalmente al Estado y comandaba sus tropas en la guerra.
La clave de esta compleja estructura era la periodicidad extrema de los cargos, salvo el del Dogo que era perpetuo, y el sistema de colegios para todas las elecciones. Para aventar cualquier posibilidad de manipulación o formación de trenzas electorales: se hacían cuatro elecciones y los favorecidos en ellas eran luego sorteados, para configurar nuevos colegios que en definitiva designaban a los magistrados. ¡Una delicia –y un quebradero de cabeza– para nuestros alquimistas del mangoneo!
El caso es que, a contrapelo de las restantes repúblicas italianas, la de Venecia abominaba del poder personal, maguer emplear la común designación de Signoría.
Marín Falier, miembro distinguido del patriciado veneciano y portador de un impresionante cursus honórum, estaba además agraciado al parecer de una particular virilidad que, en tiempos en que no existía el sildenafil[4], le había permitido desposar a una joven y bella patricia varias décadas menor que él. La Serenísima no contaba entre sus logros erradicar la envidia. De modo que un joven acomodado se permitió desafiar al Dogo con una letrilla al propósito que no necesita de traducción: "Marin Falier, da la bea mugier, tuti i la gode e lu el la mantien". Fue castigado, pero al suponer con gran lenidad, de modo que el magistrado se sintió humillado en su dignidad  y frustrado por ella y urdió un alzamiento reparatorio, que incluiría el castigo de los clementes.
Otros dicen que Falier pretendía homogeneizar Venecia con el resto de Italia y democratizar su gobierno, extirpando las raíces oligárquicas y proyectando una suerte de cesarismo, que naturalmente él comandaría.
Sea como fuere, los Diez se enteraron prontamente de la conspiración (la delación secreta era una de las claves del sistema) y la conjuraron con la expeditividad que, en esos tiermpos, era connatural a la Justicia. Los cabecillas fueron ahorcados públicamente en la plaza San Marcos el 15 de abril.
Falier (el Dogo no gozaba de inmunidades) fue aprehendido y sometido a juicio sumarísmo ante el mismo tribunal. Buen perdedor y gallardo caballero, reconoció todo y asumió su responsabilidad. El 16 fue condenado a muerte, condena que se ejecutó el 17, en la escalinata del Palacio Ducal. Sólo los Diez y un grupo de lacayos encargados de los menesteres básicos (géneros para enjugar la sangre, cestos &c.) presenciaron la ceremonia. Tras ella, el arma ensangrentada fue exhibida a la muchedumbre como constancia suficiente ("Vardé tuti! La xè staa fata giustixia de'l traditor!"). La Serenísima, como los antiguos romanos, no era excesivamente cruel: usaba la pena de muerte sólo en casos extremos y no alardeaba de ella.
Eso sí; la clave era la ejemplaridad: no bastó con la cabeza del traidor. Fue decretada su damnatio memoriæ. El sitio donde debía figurar el retrato del dogo fue reemplazado por un trapo negro cruzado con la siguiente leyenda latina: «Hic est locus Marini Faletri, decapitati pro criminibus». Que sobrevivió, con matices, incluso a la destrucción del palacio por un incendio. Mark Twain, en una obrita deliciosa (The Innocents Abroad or The New Pilgrim’ s Progress; 1879) da fe de ello.
En fin, algo falló en el designio de la Serenísima: su desgracia sirvió de fuente inspirativa a dos bellísmos cuadros, uno de Eugène Delacroix y otro de Francesco Hayez (reproducido en la entrada), amén de varias empinadas obras de carácter histórico y literario.
Cualquier parecido con nuestra patética realidad actual, es pura coincidencia. 






[1]  Marino Faliero en el italiano básico del Risorgimento.
[2]  Gruesa hacha de mango largo que se hizo bienquista en algunos lados –empezando por Italia– para la ejecución de la pena de muerte por decapitación, antes de la aparición de las máquinas destinadas a este fin (Halifax Gibbet,  Scotish Maiden, guillotina &c.).
[3]  Verdugo, tanto en aquel italiano básico como en el dialecto veneciano.
[4]  Salvo que éste se incluyera –bajo un raro nombre– en las importaciones de Marco Polo.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Rosas

Hace 218 años, nacía en Buenos Aires (en un solar sobre la actual calle Sarmiento) Juan Manuel de Rosas, bautizado como Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas y López Osornio.
Sin él no existiría la Argentina, ni la liberal ni la otra. La Argentina.
Tal vez el mejor resumen de su compleja gestión histórica sea debido –como suele suceder– a un poeta (Horacio Oyhanarte).
Dejémosle pues a él la palabra como mejor homenaje:

                                                                                      Bronces Futuros

                                                              La llanura engendró en sus soledades
                                                              el alma de este hijo del desierto
                                                              enigmático y grande. Las edades
                                                              dirán si ha muerto bien en donde ha muerto.

                                                              Hermosamente trágico: un centauro
                                                              galopando en un campo de amapolas;
                                                              su casco huella el extranjero lauro
                                                              mientras retumba por las pampas solas.

                                                              ¡Enigmático y grande!: su figura
                                                              se erguirá en la granítica futura,
                                                              grande apoteosis que en los tiempos flota

                                                              Cuando el rebato de los odios viejos
                                                              toque a silencio y se destaque, lejos,
                                                              su apostura de gaucho y de patriota.

sábado, 26 de marzo de 2011

Vargas Llosa, la tragedia de Casement y el colonialismo

El reciente Premio Nóbel de Literatura, Mario Vargas Llosa, publicó no hace mucho El Sueño del Celta, basado en la vida asombrosa del irlandés Roger David Casement (en gaélico: Ruairí Mac Easmainn).
Fue éste un diplomático británico que, consignado como tal a los destinos más remotos (primero el Congo y luego la Amazonía peruana), comprobó en ellos atrocidades de todo tipo contra los nativos, determinadas por la codicia en la obtención del caucho, y llevadas a cabo en un caso por los belgas del rey Leopoldo II y, en el otro, por los empleados de la Peruvian Amazon Company, sociedad comercial asentada en Londres pero que regentaba un peruano Julio César Arana. Casement documentó prolijamente todo lo que vio y oyó y presentó al Foreign Office prolijos informes que determinaron, por su repercusión, en un caso, el ocaso político del monarca belga y, en el otro, la quiebra de la cauchera de Arana y la ruina de éste.
Al parecer, esto determinó un fervoroso anticolonialismo en Casement, quien a la larga dio en advertir que su patria natal –Irlanda– también era víctima  de la ignominia, esta vez a manos, precisamente, de su bienquista empleadora, Inglaterra.
Fue así que Casement –ya ungido sir por sus calificados servicios al Reino Unido– abandonó el servicio diplomático, bien que no la importante pensión devengada, y se puso con alma y vida a luchar por la causa de la independencia plena de su Irlanda natal. Estallada la primera guerra mundial, juzgó que era el momento de aliarse con el enemigo de Inglaterra, Alemania y, con el apoyo militar de ésta más el esfuerzo heroico de los propios irlandeses sojuzgados, obtener la ansiada emancipación. Viajó así a Berlín desde EE.UU., para gestionar el apoyo alemán y obtener la autorización para formar una brigada irlandesa con los prisioneros de esta nacionalidad tomados en Flandes. Víctima de traiciones y de hados adversos, sólo logró reclutar unos cincuenta soldados y que los alemanes le facilitaran quince mil fusiles y más de un millón de proyectiles. Fueron éstos llevados en un mercante camuflado bajo bandera noruega y –los conspiradores– conducidos en un submarino que los dejó en Tralee Bay. Al parecer, ya por entonces Casement estaba persuadido de que el golpe militar, de momento, estaba condenado al fracaso ante la falta de actividad de la Kriegsmarine y por ello su propósito era convencer a los líderes católicos dublineses de posponer el alzamiento de Pascua de 1916 para ocasión más propicia. Le salió todo mal: el mercante fue interceptado en el mar por la Royal Navy y el capitán debió hundirlo, con su preciosa carga; él fue capturado no más pisar tierra irlandesa; y la rebelión estalló no obstante, con su secuela de fracaso, muertes, cortes marciales, prisiones y fusilamientos.
Llevado inicialmente a la Torre de Londres –todo un símbolo– y posteriormente a la Pentonville Prison, la corte de Old Bailey lo juzgó por alta traición conforme a una ley de 1351 (dictada cuando no existían, obviamente, ni la nación inglesa ni mucho menos el imperio) y lo condenó a muerte. Fracasada la apelación y rechazada tras varias alternativas la clemencia por el Consejo de Ministros, fue ahorcado por el verdugo John Ellis a las nueve del 3 agosto 1916, a sus 51, tras haber retornado gozosamente a la Iglesia católica (en la que su madre lo había bautizado secretamente en su tierna infancia, para burlar al estricto capitán anglicano Roger Casement, el padre). Fue sepultado en cal viva, conforme a la norma inglesa, en el patio de la prisión, de donde Harold Wilson mandó exhumarlo en 1965 y lo devolvió a Irlanda, y allí fue recibido como héroe nacional (con discurso del presidente Éamon de Valera incluido) e inhumado definitivamente en el cementerio nacional de Glasnevin, bajo una lápida escrita en el gaélico que él nunca pudo entender.
Cuando esperaba la clemencia, se publicaron unos Black Diaries que le habrían sido secuestrados y que contenían relatos pormenorizados de aventuras lúbricas con jovencitos de variadas etnias indígenas, con resultado generalmente gravoso para el orificio anal del supuesto autor. Hasta hoy se discute si tales diarios fueron una falsificación de la inteligencia británica o son a pesar de todo auténticos. Lo cierto es que, en su momento, fueron decisivos para el rechazo del pedido de indulto.
El editor (Alfaguara) califica a la obra –en la retiración de la contratapa– de “novela mayor”.  El autor, por su parte (en una entrevista dada al diario El País, de Madrid, el 29 agosto 2010), afirma: “No he hecho nunca novela histórica. No es lo mío ofrecer una versión más o menos animada de los hechos. La historia ha sido para mí siempre una materia prima, para fantasear, para intentar a partir de ahí contar una ficción.”
Esto es verdad a medias. El libro, en realidad, es una prolija biografía del desgraciado héroe, bien que no lineal: el relato arranca con un Casement condenado a muerte y esperando en su celda londinense la clemencia gubernamental,  que emplea el tiempo inasible en una profunda introspección de su existencia y de sus convicciones. Intercalados, aparecen los capítulos epocales: África, Amazonía e Irlanda.
Esta técnica no alcanza para configurar una novela. Pero sí el “fantaseo” a que se libra Vargas Llosa respecto de la intimidad del protagonista, de sus tribulaciones interiores, de sus contradicciones. El cual “fantaseo” a veces deja de serlo al introducirse el autor profundamente en la hermenéutica, como en el espinoso asunto de los “libros negros”, a los que considera materialmente auténticos pero no ajustados a la realidad, ya que se trataría de una suerte de sublimaciones literarias de   las pulsiones  homosexuales     –forzosamente reprimidas en su época, aún victoriana– que nunca pudo vencer el pobre Casement. De modo que, a despecho de las denominaciones convencionales, la obra del escritor peruano se parece a una novela histórica lo que una gota de agua a otra.
La genialidad de Vargas Llosa se expresa no sólo en lo magistral del estilo (¡se vuelve, créase o no, al deslinde funcional entre el –pobre– subjuntivo y el condicional!) sino en el dominio asombroso de la capacidad narrativa, en la riqueza del vocabulario y en la belleza del conjunto, que hace a uno enorgullecerse de tener al castellano como lengua materna. Y, en fin, en la elección del sujeto literario: Casement es aún un desconocido, particularmente entre nosotros, y sin embargo Vargas Llosa logra erigirlo en un personaje universal, si no héroe al menos protagonista altígrado de una tragedia hondísima y conmovedora, a la que sólo le hace falta el coro griego para ser integral.
Sólo dos cosas cabe reprocharle a Vargas Llosa: que no se haya detenido un poco más en los pormenores del proceso criminal en Old Bailey, sobre todo en el famoso asunto de la coma que el tribunal creyó ver, más allá de no estar escrita en el texto medieval ("Casement was ‘hanged on a comma’", decían los ingleses), y que se resolvió con no demasiado apego al principio de la estrictez tipológica penal y al principio in dubio pro reo.    
Y que, en la recreación de la ejecución, no haya “fantaseado” sino directamente macaneado. O Vargas Llosa ha visto demasiado cine norteamericano, o se ha aprovechado de las crueldades ejecutorias de los yanquis para desarrollar mejor el argumento novelístico. Porque lo cierto es que los ingleses llegaron a ser –cosa que los llenaba de orgullo– maestros en el arte del ahorcamiento. Ya a finales del siglo XIX abandonaron definitivamente el tablado a cielo abierto con escalerilla –tan espantoso de subir para el reo–, la larga e incierta  caminata hacia el patíbulo y atrocidades tales como la relectura de la sentencia a la vista del dogal. Basta comprobarlo en la Balada de la Cárcel de Reading, del irlandés Oscar Wilde, que describe con minucia una ejecución tenida  fuera de Londres más de diez años antes que la de Casement tuviera lugar. Las cárceles londinenses –Pentonville y Wandsworth– estuvieron provistas desde fines del siglo XIX de cámaras de la muerte aledañas a la celda del reo, de modo que el duro trámite duraba apenas unos segundos (Albert Pierrepoint logró años después el récord asombroso de siete segundos): ni lecturas especiosas de sentencias ni caminatas ni ascenso de peldaños ni vendado de ojos (se usaba un capuchón blanco). A las nueve en punto una campana anunciaba a los viandantes el cumplimiento estricto de la justicia de Su Majestad,  “conforme a las reglas y con humanidad”.
Es cierto que la pantomima tétrica de los norteamericanos (que se dieron el gusto de reproducir en Núremberg y en Tokio, tras la II GM) facilita la recreación literaria de una ejecución en la horca. Pero no lo es menos que un maestro del idioma, como Vargas Llosa, se las arreglaría perfectamente para hacerla de modo magistral ateniéndose a las reglas de “humanidad” de los ingleses. Primus Véritas.
¡Qué curioso!: el verdugo que ahorcó a Casement se suicidó años después, abrumado por el desenlace de la ejecución de una joven que se le desmayó y a quien debió colocar en el cadalso con la ayuda de cuatro ayudantes. No record, fuck! Para el tránsito no recurrió al nudo corredizo sino a una hojita de afeitar con la que se cortó la garganta.
Peccata minuta. Caro lector: si tiene los $ 89 a que lo venden, gástelos en El Sueño del Celta, que los habrá invertido superlativamente bien.