viernes, 6 de febrero de 2015

Brasillach: 70 años de su asesinato

Hace setenta años, a las 9:38 de la hora francesa,  moría fusilado, en el sórdido fuerte de Montrouge, el poeta Robert Brasillach, a sus 35 años.
Once balas de fusil y una de revólver (ésta en la frente[1]) destruyeron la joven vida, en cumplimiento de un fallo dictado por la justicia de assises[2] diecisiete días antes y confirmado en tiempo expreso por la corte de casación.
Un día antes, tras haber anunciado lo contrario a François Mauriac (representante de la plena intelectualidad francesa que en número de cincuenta y nueve[3] había demandado la gracia[4]), el presidente De Gaulle rechazó la clemencia, fundado al parecer, en que existía una foto de Brasillach vistiendo uniforme de oficial alemán. Lo cual era una infame y torpe inexactitud, porque quien aparecía así vestido en la foto era el conocidísimo político Jacques Doriot y Brasillach estaba a su lado, de civil, y en ocasión de un cometido periodístico compartido con Claude Jeantet. En lo único en que se parecían el político y el poeta era en que ambos gastaban unas gruesas gafas de carey. Brasillach nunca vistió otro uniforme que el del ejército francés, con el cual cayó prisionero en 1940.
Además, nada se había dicho durante el juicio sobre esa fotografía ni se la había manifestado al procesado ni el jefe del Estado pidió alguna explicación al abogado sobre ella cuando lo recibió para sostener el recurso de gracia[5].
Fue un torpe pretexto, esbozado apenas, para encubrir el precio que pagó De Gaulle por el apoyo circunstancial del por entonces todopoderoso Partido Comunista Francés.
Nada raro en quien no hesitaba en mandar a alguien a la muerte por razón de Estado e incluso se pavoneaba impúdicamente de ello. Cuando en 1963 envió a otro joven de 35 años al poste tras una condena por un tribunal ilegal, dijo con notable cinismo: "Los franceses necesitan mártires ... Los deben escoger con cuidado. Yo podría haberles dado uno de esos generales estúpidos que juegan a la pelota en la prisión de Tulle[6]. Pero les di a Bastien-Thiry. Ellos serán capaces de convertirlo en un mártir. Él se lo merece." [7]
Pero lo de Brasillach excede el marco mísero de unos odiadores sistemáticos y de un carcamán oportunista. Lo de Brasillach se inscribe en la tragedia helénica, en la cual estos personajetes jugaron el triste papel de pawns in the game de que hablaba Carr[8].
Roberto Bardini, en un artículo notable[9], dice impecablemente: «En los últimos años muchos críticos literarios "descubrieron", tardíamente, que Brasillach fue puesto de espaldas al paredón de fusilamiento por su filosa capacidad intelectual más que por sus "crímenes de guerra". Lo cierto es que no cometió ninguno: no delató, no torturó, no asesinó a nadie. Sus principales armas fueron la palabra y la escritura.» Y añade con cita del mejicano José Luis Durán King: «¿Por qué este escritor y no los otros? [10]¿Cuándo las palabras son al mismo tiempo nociones y acciones? ¿Merecía Brasillach morir por sus palabras?». Y más adelante se responde: "Es difícil aceptar sin perder el aplomo que alguien merezca ser enviado al cadalso por sus discursos"… (S)ólo en Francia –se rumoraba en aquella época- el mal uso de las palabras puede conducir a la picota».
Brasillach estaba consustanciado con el mundo helénico antiguo. Su Anthologie de la poésie grecque[11] figura entre las obras maestras de la literatura francesa contemporánea. María Elena Walsh la consideraba entre lo mejor de la literatura de todos los tiempos. Dice allí el escritor, en el prólogo, aludiendo a los caracteres de la poesía griega: «No estaría mal , pienso, trazar una suerte de líneas principales en el curso de esta poesía, que siempre vuelve sobre los mismos temas: la muerte en primer lugar, a la cual ningún pueblo le ha cantado tan constante y unánimemente; luego el mar, que le es apenas separable; las muchachas y los caballos, que aparecen siempre en las metáforas de este pueblo marino y caballero, incluso en las de los filósofos; y en fin el punzante sentimiento de la brevedad de la vida y del placer, que se expresa en el teatro por ese mito cien veces repetido de la virgen sacrificada que dice adiós a la luz del día; y la detestable guerra y el amor de la paz (…) La lengua griega no era solamente la lengua de un orden y una perfección un poco imaginarias y debería asombrar tal vez  encontrar en ella tantos ejemplos de una poesía filosófica que nunca desdeñó el parentesco con el misterio».
A su vez, abrigaba evidentemente una suerte de oscura premonición, que se expresaba en ciertas referencias recurrentes, particularmente a lugares que le eran caros. Es el caso del pequeño cementerio parroquial de  St. Germain de Charonne y del barrio –abundante en lecherías– de Arcueil. Les dedica varios párrafos amigables y hasta nostalgiosos tanto en Les Sept Couleurs[12] como en Nôtre Avant-Guerre[13]. El fuerte de Montrouge, donde fue fusilado, está en Arcueil y los restos del poeta reposan –con los de su madre, su hermana y su cuñado– en aquel íntimo cementerio casi particular que sobrevivió a la secularización y al reglamentarismo de la Revolución[14].
El caso es que Brasillach sabía que la Liberación acabaría con su vida maguer no haber matado ni delatado ni traicionado a nadie y sí sólo escrito mucho y duro sobre la acerba política francesa durante la guerra, ¡en la patria de los derechos humanos! Sabía también que le bastaba pasar a Suiza para asegurar su vida y sin embargo no lo hizo, al parecer por salvar a su madre del cautiverio, lo cual es bastante fútil. Jorge Asís, a quien no le resulta simpático pero que no puede eludir la fascinación profunda que el personaje le suscita, lo adivina: «Su situación personal carecía de retorno. Brasillach había decidido entregarse. El infierno, con la triste imagen de un juicio humillante, con sus brazos abiertos, lo aguardaba en el Fuerte de Montrouge, durante la plenitud del invierno de 1945, con la frialdad estricta de un paredón de fusilamiento»[15].
Condicionó a su abogado a limitarse a los artículos periodísticos que constituían la base de la acusación, absteniéndose de convocar a testigos que hubieran mejorado mucho su posición pero al precio de renegar total o parcialmente de lo escrito. Comenta Isorni esta decisión con estas palabras notables: «No tenía resentimiento sino piedad o a veces algo de tristeza ante el caso de quienes creían poder torcer la suerte al precio de abandonos públicos y terminaron perdiendo , a la vez, la vida y la honra»[16].
El caso es que, durante el corto interrogatorio a que lo sometió al presidente del tribunal, respondió con firmeza y claridad pero a la vez con bonhomía y hasta simpleza y una indisimulable alegría interior, sin renegar de uno solo de sus actos o de sus líneas. Pero sin fanfarronería ni altanería ni declamaciones altísonas ni posturas desafiantes; siempre con su franca sonrisa algo infantil. Tanto impresionó esta actitud a los jurados, que –maguer la objetiva parcialidad de éstos– costó una barbaridad lograr las mayorías necesarias para obtener la condena a muerte[17].
Al escucharla, alguien en la sala gritó «¡Es una vergüenza!». Con la misma voz suave, clara y firme, contestó Brasillach «Es un honor».
Seguro de que le quedaban pocos días de vida, trabajó febrilmente en un trabajo sobre su colega de iniquidades judiciales, André Chénier[18], compuso los admirables Poemas de Fresnes[19] -que incluyen su testamento en verso– y escribió largamente a sus seres queridos. Y trató de entender y aceptar un destino que sin embargo veía inexorable como la Moira. En la última esquela, que tituló La mort en face, dirigida a su abogado y entregada a éste al comenzar el trámite de la ejecución capital, escribió «… Se dice que ni el sol ni la muerte se pueden mirar de frente. Sin embargo, yo lo intenté. No tengo nada de estoico y es duro separarse de quienes se ama. Pero traté también de no dejar a quienes me veían o me tenían en su pensamiento una imagen indigna…»[20].
Tal vez la clave de esta dura lucha entre un fuerte amor a la vida y uno no menor a la dignidad y a la coherencia del pensamiento y de la acción, haya estado en la fascinación por la juventud y la belleza. Puede haber sido esto lo que desequilibró la balanza. Algo así se adivina de su correspondencia a raíz de la carta que le dirigió la jovencita Svetlana Pitoëff, hija de su finado amigo –actor– Georges[21]. Lo cierto es que no pidió clemencia a De Gaulle, sino que se atuvo a la presentación colectiva de los intelectuales franceses. Y aceptó paulatinamente la pérdida de la esperanza.
De modo que, el 6 febrero 1945, estuvo listo para el paso final. Tras ser librado de los grillos que debió llevar durante su estancia en el corredor de la muerte, se preparó tranquilamente para el paseo final, saludó en alta voz a dos colegas de desgracia y, al llegar ante el poste tras un corto viaje en automóvil desde la prisión de Fresnes, avanzó hacia él con paso firme, se volvió a dar la cara al pelotón, sin venda en los ojos, dirigió una última mirada sonriente y, un instante antes de la descarga, tuvo entereza para gritar «¡Coraje! ¡Viva Francia!». El bueno de Isorni, acto de devoción abogadil de las que ya no hay, mojó su pañuelo en la sangre que manaba de la frente.
A setenta años de esta atrocidad, la muy liberal, democrática y derechohumanista Francia no ha revisado aún la inicua condena que acabó con uno de sus hijos más brillantes, tal vez en testimonio de una fertilidad literaria que invita al despilfarro. La misma Francia que, sin embargo, no ha hesitado en devenir, espasmódicamente, «Charlie».
Porque se trató de un puro, simple, mondo y lirondo asesinato. La palabra ha perdido fuerza, ya que en la neoparla suele hablarse de «fusilar» como sinónimo de balear, sin parar mientes en quien lo haga y si es delincuente, mejor; y «asesinato» indica toda muerte violenta, incluso cuando parte del Estado en ejercicio legítimo de la violencia. Ello, como consecuencia de la desaparición del claro límite entre lo público y lo privado, que era para Carl Schmitt una de las claves de la política.
Este fue un asesinato en el sentido etimológico del término[22]. El asesinato de un poeta por el mero regodeo de la venganza ciega, de la vesania institucional, de la envidia y de lo que él mismo calificó como un sacrificio en el altar del miedo[23].
Tanto no ha cambiado el mundo en estos casi tres cuartos de siglo.
Pero, parafraseando a nuestro genial sanjuanino, la poesía no se fusila.             Vaya para finalizar, pues, un poco de la del asesinado:

Nunca he tenido joyas                                         Es preciso conocer todas las cosas,
Ni anillos ni cadena en el pulso,                              Ser curioso de lo nuevo:
       Son cosas mal vistas entre nosotros:                        Extraño es el hábito que se me impone
       Pero me han puesto grilletes en los pies.                 Y extraño este doble anillo.

       Se dice que no es viril,                                             La pared es fría, la sopa es pobre,
       Las joyas están hechas para las chicas:                    Pero ando, a fe mía, muy orgulloso,
       Hoy, ¿cómo se posible                                             Resonando como un rey negro,
       Que me hayan puesto cadenas en los tobillos?        Adornado con estas joyas de hierro.[24]










[1] El decreto de 25 octubre 1874 estipula un pelotón de doce fusileros, uno con el arma cargada sólo con salva, y un tiro de gracia disparado por el oficial comandante a cinco centímetros de la oreja del supliciado. En este caso quien lo dio fue el suboficial. Se entiende que, con la turbación del momento, haya preferido el blanco de la frente.
[2] En Francia, la justicia en lo criminal es confiada a las cortes de assises, suerte de tribunales de escabinado, compuestos entonces de seis jueces legos y tres de derecho. Hasta 2000, sus fallos sólo eran susceptibles de recurso de casación. Desde entonces, hay un tribunal intermedio, con doce jurados y tres jueces. Pero los jurados populares, a la época de la Depuración, debían haber pertenecido a la Resistencia o tener probada filiación anticolaboracionista.
[3] Se trata de los intelectuales afines a la Resistencia. Cabe señalar que los tachados de colaboracionistas no firmaron por estar muertos (caso de Drieu La Rochelle) o presos o exiliados.
[4]  Solamente Sartre, Gide y Beauvoir, aduciendo obediencia debida al partido comunista, se negaron a firmar el requerimiento.
[5] C.fr. Isorni, Jacques: Le procès de Robert Brasillach; París, Flammarion, 1946; p. VII.
[6] Se refiere a los jefes del putsch de los generales  en Argelia, Salan, Zeller, Challe y Jouhaud.
[7] Lacouture, Jean: Charles de Gaulle 3 - Le souverain 1959-1970,  París, Seuil, 1986, p. 329.
[8]  Carr, William Guy: Pawns in the Game; Angriff Press, California, 1979.
[9] ¿Por qué mataron a Robert Brasillach?, en www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=1629&blog=
[10] Precisión muy justa: ni Béraud ni Combelle –alojados con él en Fresnes– ni el mismo Jeantet de aquella malhadada foto ni Morand ni Carrell ni el propio corrosivo Rebatet, fueron fusilados, aunque sí varios de ellos condenados inicialmente a muerte.
[11] París, Stock, 1991.
[12] París, Plon, 1939; recientemente traducido al castellano rioplatense  como Los Siete Colores (Barcelona, Ojeda, 2014, trad. de Hugo Esteva y Luis María Bandieri).
[13] París, Plon, 1941.
[14] Dato curioso: duermen allí también un secretario de Robespierre y los hijos de André Malraux –ministro de De Gaulle– que éste perdió en un accidente de automóvil en 1961.
[15]  Lesca, el fascista irreductible; Buenos Aires, Sudamericana, 2000; p. 172.
[16] Le Procés… cit., p. 9.
[17] Isorni, Le Procés... cit., p. 13.
[18] Poeta «maldito» que, a sus treinta y un años, fue condenado a muerte por el Tribunal Revolucionario y guillotinado el 25 julio 1794, tres dias antes de la caída y ejecución del propulsor de dicho tribunal, Maximiliano Robespierre. Como luego Brasillach, dedicó el brevísimo tiempo que le quedaba en una formidable producción poética que, afortunadamente, se salvó.
[19]  Traducidos al castellano como Escritos en prisión. Poemas de Fresnes (Barcelona, Nuevo Arte, 1977).
[20]  Isorni, Le procés… cit., p. 216.
[21] Aludida en la carta a Maurice Bardèche de 3 febrero (Escritos… cit., p. 71).
[22]  Diccionario RAE, 1ra.acepción: «Matar a alguien con premeditación, alevosía, etc.».
[23] Isorni, Le Procés... cit., p. 16.
[24] Joyas (29 enero 1945) en Escritos…. cit., p. 137.


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